“Antes que nada, sé que la mayoría de ustedes no hacen esto por dinero, hacen bien, nadie se va hacer rico con este trabajo. Sin embargo es importante que tengamos claro que aunque este oficio implique algunas tareas más o menos intelectuales, esto es, ante todo, un negocio, y ustedes, empresarios”
Hace poco leí que muchos de los que querían ser escritores en los 90 ahora son o quieren ser editores. De esta forma, igual que hace 20 años los escritores crecían como setas, hoy son las editoriales independientes lo que se ha convertido en una plaga. Sin duda esta reflexión tiene algo de cierto. He podido comprobarlo a fuerza de frecuentar espacios con editores en ciernes, y no sólo porque siempre haya dos o tres individuos que quieran entrar en la profesión para editarse a sí mismos: cansados de dar tumbos intentando que la industria les acoja en su seno, se convierten en detractores del “sistema” y creyentes de una nueva doctrina, la de la “literatura de verdad” o “de calidad” (la suya) no sometida a criterios y filtros comerciales.
Hay una prueba mucho más sutil, y más divertida. Cuando en un máster, seminario o encuentro de jóvenes editores emergentes (nada menos) el ponente o profesor habla de los agentes literarios, de los recursos para escritores, etc, las manos se levantan, los bolígrafos echan humo, todo el mundo tiene un montón de preguntas prácticas aplicadas a la vida cotidiana sobre el tema. Si quieres encontrar escritores frustrados, vete a un curso de edición.
Que nadie se ofenda, yo misma encajo perfectamente en esa descripción, con una salvedad: Soy una convencida. Cuando hablan de recursos para escritores, de agentes literarios, yo pienso en mis futuros autores, en los derechos que tendré que negociar, y disfruto, que es lo más grave.
Sin embargo, hay algo que me parece muy curioso. Cuando me relaciono con escritores (inéditos o no), con lectores acérrimos que escriben, y gente implicada en el asunto, en general, la conversación siempre escora hacia lo perverso del negocio editorial, lo injusto que es que el autor de una obra no se lleve más que las migajas de la venta de cada libro y lo bueno que sería cargarse la industria y que los autores vendieran su libro directamente por internet, y al carajo los intermediarios. Esto es lógico. Lo que no lo es tanto es que algunos de los nuevos editores tengan la misma actitud: hay que cargarse el sistema, hay que publicar literatura “de calidad”, sin filtros y criterios comerciales, y sobre todo, no hay que ganar dinero con ello. Según esta propuesta, sin duda bienintencionada, sacaríamos la conclusión delirante de que una editorial buena es aquella que publica sin filtros, que tiene pérdidas.
Entonces, si los autores y los jóvenes editores están de acuerdo ¿qué es lo que pasa? ¿por qué el mundo editorial no ha dado un cambio repentino cediendo el poder a los autores, eliminando los intermediarios? Sólo veo dos opciones: los editores bienintencionados no sobreviven, o bien, los editores bienintencionados se pervierten por el camino, para sobrevivir.
La primera vez que se me ocurrió montar una editorial probablemente estaba borracha. Pero la primera vez que me lo planteé en serio lo hice desde una motivación simple y bastante poética. Me gustan los libros. Me gusta leerlos, tocarlos, comprarlos y definitivamente me gusta hacer libros. También me gustan los escritores y no me gusta que cobren migajas. Pero para los editores pequeños son necesarios los intermediarios. Son necesarios los distribuidores y los libreros, y si estos son buenos, pasan de ser necesarios a ser un lujo (qué bueno es ir a una librería y que allí estén las novedades, y que haya fondo, y que el librero sepa y pueda aconsejarte).
Los editores grandes (por lo general) utlizan criterios exclusivamente comerciales a la hora de editar y crean macro empresas que incluyen distribuidoras, comerciales y almacén. Y, sí, ganan dinero.
Cuando un empleado de una de estas mega-editoriales te cuenta cómo chantajean a las librerías diciéndoles que deben quedarse con libros que no quieren o no les darán los que han pedido -en un cruce de favores más propio de la cosa nostra que de cualquier intercambio comercial-; cómo se fabrica un fenómeno editorial o cómo se rechazan libros que se consideran buenos porque no van a ser rentables; cómo ofrecen dinero a los autores que han descubierto otras editoriales más pequeñas para llevárselos, o cómo compran las propias editoriales pequeñas si les hacen la más leve sombra de competencia. Cuando descubres todo eso, y haces números, y estudias el papel y la calidad de la impresión de pequeñas editoriales que admiras y te preguntas cómo demonios lo hacen, quieres convertirte en Robin Hood o en Jacobo Siruela, porque sabes dónde te estás metiendo.
Tal vez a los autores no se les pueda ofrecer más porcentaje de derechos de autor, pero se les puede ofrecer una edición de calidad, el respeto por su trabajo, la certeza de que para el editor los libros son lo más importante, porque para el autor no hay nada más importante que su libro.
Tal vez a los lectores no se les pueda ofrecer libros más baratos, pero se les pueden ofrecer libros bien hechos, bonitos, coherentes, que estarán en la librería de la esquina cuando vayan a buscarlos.
Tal vez (no, seguro) no se pueda hacer una editorial “sin filtros” ni de “literatura de verdad”, porque cualquier editorial se hace a partir del criterio del editor, pero uno puede comprometerse a editar sólo cosas que le gusten. En definitiva, lo que vende un editor cultural es su propio criterio.
Pero seamos honestos, nada de altruismo, ni buenas intenciones.
Si vamos a estar en el bando de los malos habrá que armarse hasta los dientes.
Oir: De los malos