Instrucciones para apadrinar un modernito

Instrucciones para apadrinar un modernito (y así apoyar un proyecto cultural independiente y recibir en casa libros y otras cosas estupendas y exclusivas antes que nadie) en 5 pasos

1. Entre en la web http://apadrina.modernitobooks.com

2. Encontrará usted cuatro modernitos que le miran desafiantes. No se asuste, son buena gente.
Atienda al menú color mostaza de la derecha. Pinche en las diferentes colecciones y vea a los modernitos posando para usted. Elija el que más le guste.

3.¿Ya? muy bien, ahora elija la recompensa que desea. Pinche sobre la cantidad a aportar.
Sepa usted que el dinero es (solo y exclusivamente) para imprimir los libros de esta editorial que estamos montando entre todos y que usted los recibirá en casa, por guapo y por padrino.

4. Debe elegir una forma de pago: transferencia o paypal.
Paypal nos cobra una pasta, si puede ser elija usted transferencia.

5. Llene el formulario para que le mandemos su libro/bolsa/lámina…
Haga un ingreso en nuestra cuenta a través de su banco favorito.

¡Enhorabuena! ¡ya tiene usted su modernito! No olvide regarlo dos veces en semana.




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Lanzamiento de proyecto 100 metros despachos

Lo primero es entrenar: coja su idea y escríbala, escríbala bien, identificando la fundamentación, objetivos, cronograma, presupuesto, etc. Cuando la tenga, adáptela una y otra vez, en repeticiones rítmicas, a las diferentes instituciones en las que la presente.

Tenga en cuenta que a medida que la gente lo vea, le pedirá algunas cosas “Está muy bien ¿pero no podría poner esto y eso? -como si lo hubiera escrito yo, vaya-.” Respire hondo, y hágalo. No lo piense demasiado. Tómese una caña isotónica.

“Me gustaría verlo más terminado” Le dirán. Claro que sí, cómo no. Llame a sus compañeros, trabajen, monten, corten, peguen. Cañas isotónicas. Que sean tres.

Luego, y tras el calentamiento, busque entidades financiadoras a través del teléfono e internet, toque a todas las puertas que sean necesarias, llame, y pida citas, siempre citas.

“De acuerdo, el Jueves, a las 10”

Cuando tenga la cita, ya casi está hecho. Imprima el proyecto, con una presentación adecuada, no repare en gastos. Levántese temprano y vístase de persona seria y responsable. Acuda a la cita. Sonría. Pregunte por la persona en cuestión en conserjería. Enseñe el dni, reciba la tarjeta de visitante, pase el bolso y la chaqueta por el escaner. Suba en el ascensor. Sonría. Sonría. Buenos días, Buenos días. Ya está en la planta. “¿Fulanita de Tal, por favor? tengo una cita”

Son las 10 en punto.

Acérquese a Fulanita. Sonría. Sonría. Saque el proyecto. Saque los anexos. Entréguelos. Ya están en la mesa, formando un adorable montoncito. La acompañan a la puerta amablemente.”La llamaremos”

Son las 10.02

Es temprano para beber, tómese un café con leche.

\Oir: “Que nadie se queje lo hemos vendido todo…\”

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Grandes esperanzas

Periférica, Páginas de espuma y Libros del silencio en A vivir que son dos días

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…un funcionario menos

Apreciada 6,

En relación a la petición X, lamentamos comunicaros que no vamos a poder colaborar con vosotros en la realización de la misma. (…) En cualquier caso, desde (…)  y en nombre de (…) queremos agradeceros la confianza e interés mostrados en nuestra institución para la presentación de vuestro proyecto, hecho que nos causa una gran satisfacción.

Cada vez que me dicen “gracias, pero no” mato mentalmente un funcionario*.

Las cafeterías y los bares de mi cerebro han puesto una reclamación contra esta sana costumbre, pero no pienso admitirla a trámite. Al fin y al cabo no queda nadie detrás de la ventanilla para recoger los impresos.

Con el dinero que se ahorra con tanto funcionario muerto, voy a financiar siete editoriales.

“tu novia es un encanto y tú estás tan enamorado
por eso le perdonas sus deslices sus engaños
pero tu cariño no es tan ciego
ves muy claro su secreto
ella tiene otra vida más siniestra y clandestina
tu novia es una terrorista”

Albert Pla, La dejo o no la dejo

*Entiéndase aquí el sentido amplio, casi conceptual del término funcionario, asimílándose al mismo cualquier trabajador de megainstituciones o fundaciones que actúe como tal, tenga este o no contrato vitalicio.

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Lo terrible

Estos meses hacer cosas-de-editora es estupendo. Es estupendo porque nada está escrito, nada está hecho, así que las cosas-de-editora son sentarse ante un imaginario papel en blanco e inventar. Inventarse un nombre, un logo, unas colecciones; inventarse el tamaño de los libros, el color, el tacto, el papel; inventarse los temas, los autores; leer mucho, escribir a gente, proponer locuras.

Cuando era pequeña pensaba mucho en  lo que sería de mayor. Se me ocurrían miles de cosas, cada día una nueva, así un día era una futura escritora y al siguiente una futura famosa cantante pop, y otro una futura fotógrafa de conflictos armados. Podía ser una futura cualquier cosa, porque no había nada, sólo posibilidades. Apostar a futuro es fácil. Luego una crece y, como dice G, negocia con sus expectativas.

A estas alturas, entonces, hacer cosas-de-editora es jugar un poco. Mi editorial puede hacer libros médicos o históricos, paperback o gran formato, libros de arte, de música, novelas de terror, autores jóvenes, autores clásicos, mujeres, hombres, niños, puede publicar a autores cuyo nombre empiece por dobleuve, o hacer esos líbros enanos y ridículos que no se pueden leer ni quedan bien en la estantería. Encuentro autores constantemente, se me ocurren nuevos proyectos o colecciones, voy a las librerías, miro en internet, y cada día mi editorial tiene una pinta diferente.

Seguramente no podré hacer ni la mitad de las cosas que imagino, y es una suerte, cuando no hay nada, en realidad hay todo, cualquier cosa, y eso puede ser terrorífico. Tengo que tenerlo presente, por esto de no cansarme, de no aburrirme de jugar y guardar pronto los juguetes, por lo de crecer y negociar y las expectativas.

Pero de momento déjenme jugar un poco a cambiarle la nariz y las orejas a este señor potato. Porque ahora todo está por hacer. Todo son posibilidades.

Eso es lo estupendo. Y lo terrible.

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Delegar

Me cuesta mucho delegar. Es un serio problema para cualquier cosa.

Supongo que en parte es normal, cuando uno tiene un proyecto tan metido en la cabeza, tan elaborado, le cuesta dejar que los demás metan mano y, de alguna forma, lo transformen. Pero lo mío es un poco patológico.

Afortunadamente, no puedo hacerlo todo yo, básicamente porque hay cosas que no hago ni medio bien, por ejemplo dibujar. En ese caso se me da mejor, delegar, digo,  y si alguien me gusta de verdad, le cedo todo el espacio y me relajo bastante. Cuando además a esa persona la quieres y la admiras, y te ha estado acompañando desde el primer momento, tanto que la idea nació ya con sus dibujos puestos, una idea a medida. Qué bien, entonces, qué fácil.

El problema de verdad viene cuando se trata de las cosas que me gusta hacer, que hago medio bien. Diseñar, editar, escribir. Ah, cuando se trata de escribir. Cuando se trata de elegir alguien para que escriba soy un ser del averno. Nada me parece suficiente, nada encaja con la idea, nada vale. Cuando eliges a un autor creativo por algo que tiene hecho, es fácil, no eliges al autor, eliges al texto. El texto es el autor, es su idea, es su trabajo, son sus palabras. Está hecho a priori, y tú dices me gusta, lo quiero. Es fácil. Pero cuando se trata a alguien a quien le vas a encargar que ejecute un proyecto tuyo, es otra cosa. Lo eliges por lo que le has leído, pero nunca sabes si entenderá la idea, la filosofía del proyecto, si podrá mimarla como tú lo hiciste.  No es una cuestión de ego, no del todo. No se trata de que yo piense que puedo hacerlo mejor. Es culpa de mi imaginación, tan gráfica, los proyectos están tan claros en mi cabeza, que luego no hay manera de que se correspondan con su propia imagen. Por eso, en estos casos, delego por pura disciplina, con voluntad y resignación, elijo a alguien que me gusta, cojo mi idea con cuidado (porque las ideas que no viven, inevitablemente, se mueren), se la doy, cierro los ojos y confío. Pum, al vacio. No hay dolor.

Cuando después de eso, lo que el autor te devuelve es algo tan bueno como lo que me han mandado hoy, algo tan bueno y en tanta sintonía con lo que yo imaginaba, no puedo menos que agradecerle locamente su trabajo, saltar por el estudio, proponerle matrimonio. Y alegrarme por ser, a veces, un poco disciplinada, y confiar.

Tengo una autora maravillosa, junto a la ilustradora maravillosa que ya tenía. Ellas hacen que mi idea sea una versión muy mejorada de su propia imagen. Qué suerte, por favor.

Muy mal se va a tener que dar para que no acabemos las tres millonarias.

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No estaba muerto…

Sí, también yo pensaba que este blog se iba a quedar ahí, abandonado, disecado en medio del ciberespacio, residuos, basura ciberespacial. Con una mísera entrada.

He vuelto porque me han hecho esta cabecera tan bonita. Esta cabecera tan bonita no se merece tener sólo una entrada. Se merece morir al menos con dos míseras entradas en su haber.

También he vuelto porque tengo muchas cosas que quiero decir. El problema es que he perdido la costumbre de exhibirme. Hace mucho ya que no escribo en un blog (de hecho, creo que han pasado de moda en este tiempo) y se me olvidaba este pudor al abrir la gabardina.

El caso es que últimamente me aterra la posibilidad de la permanencia. Llevo toda mi existencia disfrutando de maravillosas profesiones provisionales y ha sido estupendo. Ninguna me convencía, ni que decir tiene, pero, ah, esa maravillosa sensación de que podía abandonarla de un día para otro y convertirme en cualquier otra cosa, la libertad. Pero va a resultar que esto me lo tomo en serio, porque estoy aterrada. Por ejemplo, temo no dejar nunca  de pensar en los libros. Al principio pensaba que en cuanto empezara a hacer libros dejarían de preocuparme, me preocuparía por encontrar títulos, por autores y traductores, por colecciones, pero no por los libros, digamos su olor, su tacto, su aspecto. Empiezo a dudarlo.

Sabrá que se encuentra ante un joven proto-editor ya que al entrar en la librería devorará la mesa de novedades, se interesará desproporcionadamente por los nuevos sellos, y se pasará más tiempo del razonable abriendo y cerrando ejemplares, mirando encuadernaciones, tocando cubiertas, buscando el nombre de la imprenta. Alternativamente sacará una pequeña libretita y apuntará datos, autores, traductores, y antes de irse con varios libros bajo el brazo cogerá todos los catálogos del mostrador.  Si me ve no deje usted de saludarme.

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Y yo que soy de los malos

“Antes que nada, sé que la mayoría de ustedes no hacen esto por dinero, hacen bien, nadie se va hacer rico con este trabajo. Sin embargo es importante que tengamos claro que aunque este oficio implique algunas tareas más o menos intelectuales, esto es, ante todo, un negocio, y ustedes, empresarios”

Hace poco leí que muchos de los que querían ser escritores en los 90 ahora son o quieren ser editores. De esta forma, igual que hace 20 años los escritores crecían como setas, hoy son las editoriales independientes lo que se ha convertido en una plaga. Sin duda esta reflexión tiene algo de cierto. He podido comprobarlo a fuerza de frecuentar espacios con editores en ciernes, y no sólo porque siempre haya dos o tres individuos que quieran entrar en la profesión para editarse a sí mismos: cansados de dar tumbos intentando que la industria les acoja en su seno, se convierten en detractores del “sistema” y creyentes de una nueva doctrina, la de la “literatura de verdad” o “de calidad” (la suya) no sometida a criterios y filtros comerciales.

Hay una prueba mucho más sutil, y más divertida. Cuando en un máster, seminario o encuentro de jóvenes editores emergentes (nada menos) el ponente o profesor habla de los agentes literarios, de los recursos para escritores, etc, las manos se levantan, los bolígrafos echan humo, todo el mundo tiene un montón de preguntas prácticas aplicadas a la vida cotidiana sobre el tema. Si quieres encontrar escritores frustrados, vete a un curso de edición.

Que nadie se ofenda, yo misma encajo perfectamente en esa descripción, con una salvedad: Soy una convencida. Cuando hablan de recursos para escritores, de agentes literarios, yo pienso en mis futuros autores, en los derechos que tendré que negociar, y disfruto, que es lo más grave.

Sin embargo, hay algo que me parece muy curioso. Cuando me relaciono con escritores (inéditos o no), con lectores acérrimos que escriben, y gente implicada en el asunto, en general, la conversación siempre escora hacia lo perverso del negocio editorial, lo injusto que es que el autor de una obra no se lleve más que las migajas de la venta de cada libro y lo bueno que sería cargarse la industria y que los autores vendieran su libro directamente por internet, y al carajo los intermediarios. Esto es lógico. Lo que no lo es tanto es que algunos de los nuevos editores tengan la misma actitud: hay que cargarse el sistema, hay que publicar literatura “de calidad”, sin filtros y criterios comerciales, y sobre todo, no hay que ganar dinero con ello. Según esta propuesta, sin duda bienintencionada, sacaríamos la conclusión delirante de que una editorial buena es aquella que publica sin filtros, que tiene pérdidas.

Entonces, si los autores y los jóvenes editores están de acuerdo ¿qué es lo que pasa? ¿por qué el mundo editorial no ha dado un cambio repentino cediendo el poder a los autores, eliminando los intermediarios? Sólo veo dos opciones: los editores bienintencionados no sobreviven, o bien, los editores bienintencionados se pervierten por el camino, para sobrevivir.

La primera vez que se me ocurrió montar una editorial probablemente estaba borracha. Pero la primera vez que me lo planteé en serio lo hice desde una motivación simple y bastante poética. Me gustan los libros. Me gusta leerlos, tocarlos, comprarlos y definitivamente me gusta hacer libros. También me gustan los escritores y no me gusta que cobren migajas. Pero para los editores pequeños son necesarios los intermediarios. Son necesarios los distribuidores y los libreros, y si estos son buenos, pasan de ser necesarios a ser un lujo (qué bueno es ir a una librería y que allí estén las novedades, y que haya fondo,  y que el librero sepa y pueda aconsejarte).

Los editores grandes (por lo general) utlizan criterios exclusivamente comerciales a la hora de editar y crean macro empresas que incluyen distribuidoras, comerciales y almacén. Y, sí, ganan dinero.

Cuando un empleado de una de estas  mega-editoriales te cuenta cómo chantajean a las librerías diciéndoles que deben quedarse con libros que no quieren o no les darán los que han pedido -en un cruce de favores más propio de la cosa nostra que de cualquier intercambio comercial-; cómo se fabrica un fenómeno editorial o cómo se rechazan libros que se consideran buenos porque no van a ser rentables; cómo ofrecen dinero a los autores que han descubierto otras editoriales más pequeñas para llevárselos, o cómo compran las propias editoriales pequeñas si les hacen la más leve sombra de competencia. Cuando descubres todo eso, y haces números, y estudias el papel y la calidad de la impresión de pequeñas editoriales que admiras y te preguntas cómo demonios lo hacen, quieres convertirte en Robin Hood o en Jacobo Siruela, porque sabes dónde te estás metiendo.

Tal vez a los autores no se les pueda ofrecer más porcentaje de derechos de autor, pero se les puede ofrecer una edición de calidad, el respeto por su trabajo, la certeza de que para el editor los libros son lo más importante, porque para el autor no hay nada más importante que su libro.

Tal vez a los lectores no se les pueda ofrecer libros más baratos, pero se les pueden ofrecer libros bien hechos, bonitos, coherentes, que estarán en la librería de la esquina cuando vayan a buscarlos.

Tal vez (no, seguro) no se pueda hacer una editorial “sin filtros” ni de “literatura de verdad”, porque cualquier editorial se hace a partir del criterio del editor, pero uno puede comprometerse a editar sólo cosas que le gusten. En definitiva, lo que vende un editor cultural es su propio criterio.

Pero seamos honestos, nada de altruismo, ni buenas intenciones.

Si vamos a estar en el bando de los malos habrá que armarse hasta los dientes.

Oir: De los malos

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